La palabra empeñada

cómo recibir piropos

Una joven colega me contactó con el objeto de solicitarme una entrevista para un reportaje que estaba escribiendo sobre un tema de salud y que quería la opinión de varios especialistas. Como por esos días yo estaba muy ocupada y no quería comprometerme con algo que no pudiera cumplir, le pregunté más detalles y me convenció diciéndome que eran “sólo un par de preguntas”, que no me tomaría mucho tiempo.


Conocedora de los plazos de entrega, le pregunté de cuánto tiempo disponía para hacerle llegar las respuestas. Me contestó que tan pronto las tuviera se las enviara porque la edición saldría al mes siguiente y le urgía preparar el material. Acordé con ella que se lo enviaría antes de que venciera el plazo y quedamos en que ella me mandaría las preguntas cuanto antes. Resultó ser un cuestionario, no de dos, sino de nueve preguntas, que contesté en el tiempo acordado. La publicación no salió sino tres meses más tarde.

Semanas después me llamó otra joven colega de la misma publicación para pedirme una cita con el objeto de tomarme la foto. Acordamos vernos a las 9:00 am del día siguiente. Cuando le di la dirección, me dijo que le resultaría fácil llegar porque vive en la misma urbanización. “Perfecto, le dije. Siendo así, no tendrás problemas con el tráfico”. A las 9:05 am recibí un mensaje de texto: “Buen día Sra. Silvia, estoy saliendo para que me abra” (sic). Llegó media hora después de la hora acordada.

Cuando llegó se lo dije. Me dio una excusa. Le dije que lo correcto era haberme avisado por teléfono que iba a demorarse y que era importante que cuidara esos detalles que afectaban su imagen profesional. Me respondió molesta que ella estaba pasando por una situación muy difícil en su casa para que, encima, yo la regañara. El incumplimiento en la palabra dada se tolera ocasionalmente cuando estamos en plan de amistad, en asuntos de trabajo es inadmisible.

Por doquiera que se vea, la impuntualidad es un irrespeto hacia el otro, como igual lo es cuando cambiamos sin consultar las condiciones en las que hicimos un trato. La permisividad social que hay con el tema está facilitando que caigamos en el abuso y la grosería. Nos congraciamos diciendo que los venezolanos somos así. No todos, la generalización molesta. Creo que este es otro síntoma que refleja la inmadurez de la que tanto nos cuesta salir. Opino que los problemas personales son eso, personales, no existe quien no los tenga.

Valerse de ellos para justificar las faltas nos resta méritos como personas y como profesionales. Nos urge recuperar el fondo y las formas, la ética y la estética de nuestro comportamiento social y del oficio que desempeñamos, cualquiera que este sea. Comencemos por respetar la palabra empeñada en los tratos y en las citas.

Imagen: Archivo Eme

 

 

Comments

comments

Escrito por
Más de Silvia Mago

La palabra empeñada

¿Por qué no la cumplimos?
Leer más