Dueña de lo que callo

Es muy placentero encontrar un tiempo libre para encontrarnos con amigas con el propósito de compartir una velada divertida. Entre temas variopintos podemos recorrer el espectro de lo humano y lo divino, y es tal el entusiasmo que le ponemos al encuentro, que casi necesitamos pedir derecho de palabra para que cada quien tenga la oportunidad de decir lo suyo.


Pero también puede ocurrir que dichos encuentros se tornen un desastre al surgir dinámicas imprevistas, sobre todo cuando los temas que se tocan pertenecen a la intimidad y una vez expuestos liberan monstruos personales. Entonces, lo que comenzó siendo un grato compartir se tiñe de una atmósfera espesa en la que se termina sin saber qué decir ni cómo actuar, porque nada de lo que se diga o se haga va a propiciar un entendimiento y, lejos de una despedida cordial, se produce una estampida en la que no quedan ni las más remotas ganas de volver a verse la cara.

¿Cuál es el límite que define lo que puedes decir de lo que debes callar?

* El grado de confianza: tratemos de ser selectivas al elegir en quiénes confiamos. No todas las personas brindan un marco seguro para depositar nuestras confidencias. Una relación que promueva en nosotras la confianza debe haber sido probada en su lealtad hacia nosotras, en su comprobada capacidad de discreción a través del tiempo y en la confiabilidad que depositemos en su criterio.

* El tipo de confidencia: por muy angustiadas que estemos ante una situación personal debemos saber que hay temas que no nos conviene exponer. No sólo por lo que los demás puedan hacer con ellos, sino por cómo nos vamos a sentir nosotras después de haber hablado, pues puede ocurrir que quedemos con una sensación de sobre exposición, de extrema vulnerabilidad, que nos cueste tolerar y empeore nuestra situación.

* La necesidad personal: hablar sobre nuestros problemas con otros puede producirnos una catarsis necesaria. El intercambio de pareceres sobre un problema puede ser muy productivo, pues nos permite considerar otros puntos que tal vez, por estar tan metidas en la situación, no nos permitimos ver. Eso sí, tenemos que considerar que podemos escuchar opiniones muy opuestas a las nuestras, o juicios sobre nuestra conducta, que es posible que no nos gusten.

* El momento al hablar: las confidencias no deben obedecer a un impulso que surge bajo el efecto de los tragos o de los encuentros sociales de tipo informal, porque las condiciones no están dadas para cumplir el verdadero propósito del desahogo, que es ser escuchadas con interés, afecto y discreción.

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