¡Y a ti qué te importa!

Foto: Huffington Post

“Quien quiera tener pareja, que la tenga. Quien no quiera tenerla, que no la tenga. Quien quiera tener hijos, que los tenga. Quien no quiera, pues bien. Quien quiera tener uno, que lo tenga. Quien quiera tener cinco: adelante.” Y por ahí me fui. Mi comentario (que originalmente es más largo) obtuvo casi 90 “me gusta” en mi perfil de Facebook en pocos minutos. Recibí felicitaciones y mi estado fue incluso “compartido” como esas citas de gente sabia.


Creo que la razón de que tantos se sintieran identificados con mi descarga –que nada tenía de cita de gente sabia- es que todos alguna vez hemos recibido una pregunta o sugerencia que aunque haya sido desde el afecto, nos resulta inquisidora. Todos hemos sentido alguna vez que detrás de ese consejo no solicitado hay un juicio. “¿Y ustedes no van a tener otro hijo?” “¿Y cuándo es que te vas a casar?”, “¿Pero tú sigues en ese trabajo?”.

Seguramente alguna de estas frases te resulta familiar. No sólo porque te la hayan dicho, sino porque probablemente tú le hayas hecho lo mismo a otra persona. Seamos francas: Nadie se salva de creer que sabe lo que los demás deberían hacer.
Nuestro cerebro tiene la capacidad de procesar señales que nos ayudan a predecir lo que otros piensan, sienten o están planeando. Pero según investigadores como el psicólogo social Nicholas Epley, de la Universidad de Chicago, muchas veces nos equivocamos. Según reseñan en Greater Good, de la Universidad de Berkley, los estudios que ha realizado Epley sugieren que tendemos a sobreestimar nuestra capacidad de “leer mentes” y no vemos más allá de nuestras ideas preconcebidas. Por eso nos es tan fácil decir: “Tú lo que tienes que hacer es dejar a ese tipo…” o “Ella lo que debe hacer con ese niño es disciplinarlo”. Y cosas por el estilo.

Epley considera que parte del problema es que solemos creer que somos especiales y que los demás no son suficientemente inteligentes o capaces. Esto, que no es más que una ilusión aderezada con soberbia, puede impedirnos tomar en cuenta el contexto y cómo influye en la forma de pensar y comportarse de los demás. La verdadera empatía se consigue escuchando al otro, no asumiendo que sabemos lo que piensa, siente o debe hacer.

Entender que cada quien hace lo que puede con lo que tiene y que no hay una sola forma de hacer las cosas puede ser útil para evitar convertirse –o dejar de ser- como esas personas a las que calificamos de metiches.
¿Y qué hacer cuando nos toca interactuar con ellas? Hay que tomar en cuenta que muchas están entre nuestros afectos cercanos y lo hacen como una manera de expresar cariño. Quienes lo han estudiado dicen que para evitar afectarse por estos comentarios, vale recordar que tienen el sello de la experiencia e inseguridades de quien los emite y entender que no son más que proyecciones. Observa cómo está en la vida de esa persona en ese aspecto que te está señalando y te darás cuenta.

A veces funciona un “no quiero hablar de eso” acompañado de una sonrisa. Otras veces la opción puede ser contestar con otra interrogante: “¿Por qué me preguntas esto?”. La inquisidora quedará totalmente desarmada, pero la que tiene buenas intenciones tal vez comience un diálogo que puede incluso ofrecerte una nueva y útil perspectiva.

Desde la consideración y el respeto es mucho lo que se puede construir.

*Los resultados de los estudios de Nicholas Epley pueden leerse en su libro “Mindwise: How We Understand What Others Think, Believe, Feel, and Want”

 

 

 

Ángela Feijoo es periodista enamorada de la Psicología Positiva y convencida de la importancia de promover el bienestar. Síguela en Twitter como @angelafeijoo 

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