Piensa mal y acertarás

La sabiduría popular no miente. Quien quiere sentirse defraudada, siempre lo conseguirá. La negatividad es tan poderosa y veloz, que puede teñirlo todo a su paso y muchas veces nos dejamos sumergir en ella sin importar que pueda ahogarnos. Por eso, desde que conocí los efectos de la positividad, ando más atenta.


Casi siempre damos más peso a lo negativo que a lo positivo. No olvidamos el error de la semana pasada pero nos cuesta acordarnos del acierto de ayer. Y un tropiezo en la mañana puede ser suficiente para amargarnos el día completo.

A menudo confundimos sentido crítico con amargura; humor con cinismo; inteligencia con ironía; sentido común con desconfianza; responsabilidad con reclamo; madurez con queja; autoridad con severidad; confianza con ingenuidad; valentía con agresividad; orgullo con vanidad; sinceridad con maltrato; competitividad con mezquindad; amabilidad con vulnerabilidad; o diversión con falta de seriedad.  El contexto puede llegar a endurecernos y hacernos más hostiles.

No se trata de ser ingenuas o irresponsables, fingir demencia o creer que todo se va resolver con una frase hecha como: “sonríele a la vida y ella te sonreirá”.  Tener una actitud positiva no es dejar de tener sentido común o negar la realidad, sino verla con mayor amplitud. Sabemos que en nuestra vida hay cosas malas, por supuesto, pero también hay cosas buenas.

Y esas cosas buenas, por fugaces que sean, nos hacen bien.  No lo digo yo, aunque lo he experimentado (seguramente tú también). Hay evidencia científica. Barbara Fredrickson, de la Universidad de Carolina del Norte, lleva años investigando un terreno que no había interesado mucho a otros investigadores: las emociones positivas. Como ya intuirás, la mayoría de los estudios estaban centrados en emociones como la ira, el miedo, el asco o la tristeza.

Fredrickson sostiene que las emociones positivas –amor, alegría, orgullo, serenidad, diversión, gratitud, inspiración, curiosidad, esperanza y asombro– abren nuestra mente y nuestro corazón, y nos hacen más receptivos y creativos.

Si bien el miedo es necesario porque nos impulsa a huir de un peligro, sentir cosas buenas también nos mueve. ¿Recuerdas cómo te has sentido al recibir una buena noticia, una grata sorpresa o al compartir con una amiga que tenías mucho tiempo sin ver? Cualquier cosa que te impulse a saltar, bailar, reír o aplaudir de emoción seguramente te ha dejado también una sensación de optimismo, de ganas de vivir.

“La negatividad y la neutralidad constriñen nuestra experiencia en el mundo. La positividad hace todo lo contrario: nos insta a explorar”, dice Fredickson, quien nos invita a empezar a limpiar nuestros días de negatividad gratuita (¿cuántas veces nos dejamos amargar por un pequeño error nuestro o de otros o elegimos hacer un comentario negativo innecesariamente?).

Es cierto que hay cosas malas que no podemos evitar. Pero estamos hablando de lo que sí está en nuestras manos.

Según Fredrickson y otros investigadores,  experimentar emociones positivas es bueno para nuestra salud, nos brinda bienestar y nos hace más creativas y resilientes. Por eso aconseja no sólo disminuir la negatividad, sino procurar aumentar la positividad en nuestro día a día.

“Tenemos que permitirnos respirar profundo y absorber plenamente todo lo bueno que nos rodea. Conectarnos. Deleitarnos. Junto con una actitud sincera, este ritmo ralentizado libera nuestra positividad sincera”, dice Fredrickson. Así que no sirven las sonrisas forzadas –de hecho son dañinas para el corazón- ni pintar clichosas caritas felices.

Hay que abrir los sentidos y conectarse con la realidad en toda su amplitud.

 

Ángela Feijoo es periodista enamorada de la Psicología Positiva y convencida de la importancia de promover el bienestar. Síguela en Twitter como @angelafeijoo

Comments

comments

Más de Ángela Feijoo

Sentirnos bien en nuestra propia piel

Claves para seducirnos a nosotras mismas
Leer más